Afortunadamente para la mayoría de las parejas, éste llega en un lapso relativamente breve, ya sea a través de un embarazo exitoso o cuando es tomada la decisión de no someterse a más tratamientos contra la infertilidad. En cualquiera de las dos situaciones, la lucha llega a su fin y la pareja puede seguir adelante sin que la posibilidad de tener un hijo biológico sea el centro alrededor del cual gira la vida.
Sin embargo, cuando la infertilidad no tiene un desenlace definido, por lo general la pareja empieza a experimentar una sensación de estar en una ‘montaña emocional’ que en un instante conduce los sentimientos desde la cumbre de la esperanza hasta al valle de la desilusión. Cada tratamiento fallido o la presencia de la menstruación representa otra vuelta en este desgastante ciclo de emociones.
En esta fase, es común que la vivencia experimentada sea la de estar en un limbo existencial en donde el sentido de la vida se reduce a luchar contra la infertilidad.
La pareja suspende los planes de tomar vacaciones, aceptar un nuevo empleo, iniciar un curso, etc., porque ‘tal vez este sea el ciclo donde logremos el embarazo’.
De esta manera, lo que originalmente es una incapacidad física se vuelve una parálisis que afecta todas las facetas de la vida: el trabajo la relación con los demás, la autoimagen, la relación con el cónyuge, etc.
Frecuentemente, en este estado emocional y psicológico la pareja pierde la perspectiva de la situación en la que se encuentra, y no puede reconocer que la incapacidad reproductiva no es la única causa de todos los problemas, como tampoco el tener hijos es la solución universal.
Reducir a la sexualidad humana a sus fundamentos biológicos tuvo y sigue teniendo graves consecuencias. Algunas de ellas se reflejan en la conducta de los hombres que intentan reafirmar su masculinidad procreado varios hijos, y en el comportamiento de las mujeres que reprimen las expresiones de su sexualidad que no están en función de la procreación.
En las parejas que se enfrentan problemas de infertilidad, la estrecha asociación entre sexualidad y reproducción se refleja en ideas como: “si no puedo tener un hijo, no valgo nada como mujer”, y, “si soy infertil, va a buscar a otro más hombre que yo”.
La sexualidad humana, aunque está condicionada por la naturaleza biológica y por la influencia social, se construye en la mente de los individuos. Cada persona desarrolla la suya propia mediante los significados que le da a sus vivencias, específicamente a las que experimenta en cuatro áreas: la reproductividad, el género, el erotismo, y la vinculación afectiva.
La construcción de la sexualidad es un proceso dinámico y vital que cambia con cada experiencia y sólo concluye cuando se deja de experimentar, es decir, con la muerte.
Esta no es sinónimo de la reproducción porque no se refiere a la capacidad biológica de los seres humanos para reproducirse, y por lo mismo, no se reduce a la concepción, embarazo, y parto.
La reproductividad incluye también todos los pensamientos -conceptos, creencias, expectativas, asociaciones, y demás- que tiene cada persona en relación a la posibilidad humana de producir individuos que sean similares física, psicológica, y espiritualmente a sus padres.
La reproductividad se manifiesta biológicamente a través de la reproducción y psicológicamente a través de actos que tienden a reproducir las ideas y los sentimientos de cada persona.
Las parejas que no tienen hijos biológicos expresan su reproductividad a través de la maternidad y paternidad en adopción, o bien, mediante otros actos humanos.
Las expresiones psicológicas de la reproductividad se encuentran en actividades tan ajenas a la reproducción como la creación artística o el acto de educar.
Las diferencias físicas entre hombres y mujeres son la base biológica del género. Por sus características sexuales los seres humanos pertenecen a uno de los dos géneros: hombre o mujer.
En las sociedades que definen a lo femenino y a lo masculino primordialmente en función de la reproducción, la infertilidad tiene gran impacto en la sexualidad de las personas que la padecen porque afecta directamente su identidad.
Este es el elemento de la sexualidad asociado a la actividad sexual. De manera similar a lo que sucede con la reproductividad y el género existe un fundamento biológico del erotismo y una construcción mental en torno a él.
Tanto la infertilidad como los tratamientos médicos para combatirla interfieren en la relación erótica de la pareja. Para quienes se encuentran en estas circunstancias, es común que la experiencia sexual deje de significar un acto placentero y vinculativo, y sea vista como una obligación cuya finalidad exclusiva es la de producir un embarazo.
Es importante que la pareja distinga la diferencia entre las relaciones sexuales para la procreación y las que se llevan a cabo para fortalecer la comunicación íntima y el placer mutuo.
Es la capacidad humana de desarrollar vínculos afectivos intensos con otras personas. Ante la infertilidad o cualquier otra crisis, la pareja puede fortalecer su unión si ha desarrollado una buena vinculación afectiva.
En conclusión, la infertilidad puede transformar profundamente la vida de una pareja, llevándola a enfrentar una montaña rusa emocional que afecta todos los aspectos de su existencia. La experiencia de la infertilidad va más allá de los aspectos biológicos, involucrando dimensiones emocionales y psicológicas que desafían la identidad y el bienestar general de los individuos.
Es crucial reconocer que la sexualidad y la valía personal no deben limitarse únicamente a la capacidad reproductiva. En este proceso, el apoyo y la comprensión son fundamentales. En la parte Noroeste de Culiacán, la Clínica de Depresión puede ofrecer la ayuda necesaria para afrontar estos desafíos emocionales y psicológicos. Para agendar una cita escríbenos a nuestras redes sociales o a nuestra página web.